martes, 24 de enero de 2017

Muerta No. 1

Cada vez que pierdo a alguien me repito que debo dejarla ir. Esta es mi primer muerta. Ocurrió hace 16 años y no hago caso, no la dejo ir. La traigo cada mañana a mi cabeza, la pienso y le hablo. Tenía el cabello corto, los ojos grandes y los dientes lindos bien cuadraditos. Ella se fue y si regresara tal vez le costaría entender este mundo. Cuando se fue no había internet ni celulares ni redes sociales.

He crecido y sin duda ella ha sido ese soporte aunque físicamente no esté. Amaba viajar y amaba las vidas cuadriculadas que te permitían que todo saliera casi perfecto. Solo recuerdo haberla visto antojarse de un abrigo beige un día en una tienda, tal vez fue uno de los pocos gustos que se daba a sí misma.

Hoy tengo la edad que ella tenía cuando me tuvo y la verdad admiro su valentía. Su manera de lanzarse y de organizar el mundo a su antojo. Bailaba bambuco, guabinas, jugaba tejo y desafiaba a sus propios amigos cuando prefería llevar a los niños a la piscina que quedarse toda una mañana cocinando para ellos.

A esta muertita la vi en un ataúd, la vi con impotencia y con los días he venido entendiendo que ya era su tiempo, que ahora venía el mío. Pero no dejo de traerla, cada mañana veo su imagen en un cuadro junto a mi cuarto, trato de imaginar qué pensaría de lo que pasa y sin duda siento su compañía cada instante.


A esta muerta se le apagó la vida. Su existencia terrenal terminó y aquí seguimos a quienes nos diste el privilegio de vivir. Aquí seguimos sin olvidarte, sin borrarte, teniéndote muy presente. Aquí vuelves cada vez que escuchamos “Maquerule” o cada vez que decidimos comprar un pasaje para seguir viajando. Aquí siempre estás.