viernes, 14 de febrero de 2014

El detestable polígrafo



Tres chocolates y un mango bañado en limón fueron mis aliados en un día hostil e individualista, propio de un sistema y de una realidad sumida en un mundo capitalista, de un mundo donde la mayoría estamos abajo y los de arriba cada vez más inalcanzables.
Hoy tuve frente a mí una de las pruebas más inhóspitas y más inhumanas para poder acceder a un simple trabajo de vendedora  de ropa de fin de semana. 
Creo que para el mundo actual o más bien en Colombia no es suficiente con ser una buena persona, haber estudiado o contar con experiencia laboral. Ahora debes sentarte frente a una persona que parece más un policía infiltrado y confesarle hasta el último porro que te has fumado.
Hoy estuve frente al polígrafo, ese aparato que solo lo había visto en las películas y que lo usaban en las cárceles gringas contra asesinos en serie, violadores o delincuentes potenciales. Hoy lo usaron conmigo y con otro grupo de gente que lo único que quiere es ganarse unos pesos para sostener a su familia.
Pareciera que para el sistema, el que funciona en Colombia (incluyendo el Estado) todos fuéramos asesinos, delincuentes, narcotraficantes o integrantes de grupos ilegales. Sin darse cuenta o seguramente si lo saben, pero no les interesa cambiarlo, que todo los males que afectan al país son producto de sus propias mentiras y políticas.
La prueba duró dos horas y repito solo quería un trabajo de fin de semana. Al principio firmas un documento autorizando la prueba, a ser grabado en audio y video y con eso que puedan conservar tu información confidencial quién sabe para qué.
El lugar queda en una casa sin aviso en Normandía. Una casa vacía con tres computadores en el primer piso. Arriba dos salas con dos polígrafos, parecía más una empresa fachada y por qué no similar a la que supuestamente allanaron por estar chuzando a los negociadores de la paz en Cuba.
Me senté y una gordita en leggins o calzas, como se llame me dijo que estuviera tranquila, que fuera sincera en todo y me iría bien. “Vamos a ensayar”, dijo y el supuesto ensayo duró como hora y media. Sin nada aún en el cuerpo tuve que contarle a esa mujer hasta el menor detalle de mi vida, siempre dando por sentado (ella) de que en mi diario era frecuente el uso de drogas, las estafas y hasta el crimen organizado con bandas delincuenciales.
Cada pregunta daba por hecho que había probado una gama amplia de drogas, que las había producido y que hasta vivía de ese negocio. También daba por hecho de que era una falsificadora y que todos los diplomas que figuraban en mi hoja de vida los había inventado. Ah y lo olvidaba también estafé a las empresas a las que trabajé… las preguntas eran insistentes y formuladas de distintas maneras para hacer caer.
¿Y dónde queda la buena fe? ¿Y dónde queda el chance de ser un individuo del sistema que solo necesita comer y sobrevivir en esta ciudad hostil? Ahora cualquier privado y legitimado por el Gobierno (porque la prueba del polígrafo puede ser utilizada por cualquier empresa en cualquier momento según la ley) tiene la libertad de considerarnos a todos culpables hasta que se demuestre lo contrario.
La tortura mental pasó a la física, para algunos parecerá exagerado, pero cuando alguien te sienta sobre una almohada con sensores, le amarran otros dos en los dedos de la mano, te aprisionan el tórax y el abdomen con dos resortes y además tienes un tensiómetro que te ahorca el brazo; hasta el más santo de todos, sin haber hecho nada, termina confesando cualquier cosa.
-¿Ha pertenecido a grupos paramilitares? ¿A grupos guerrilleros?
-No.
-¿Es falsa la información que me acaba de dar?
-No.
- Está diciendo toda la verdad en este momento
- Sí.
- ¿Su familia tiene vínculos con estos grupos?
-No.
-No se mueva, casi ni respire, recuerde que el polígrafo la delata en lo más mínimo. Así que diga la verdad.
-¿Ha consumido aparte de Marihuana, otras drogas?
- No
- ¿Está segura?
-Sí
-¿Por qué se demoró tanto en responder? ¿Qué estaba pensando? ¿se le vino algún recuerdo a la mente? Dígalo sea sincera.
Y así era más o menos el desarrollo en ese cuarto blanco, en ese cuarto de torturas e interrogatorios. Y repito eso que solo quiero un trabajo de fin de semana como vendedora de ropa. Al final quieren sacarte como sea la información y dan por sentado que haces parte de una banda que está dispuesta a robarse un almacén completo.
Lo triste es que a ese lugar solo iban, la mayoría mujeres con escasos recursos que se ven sometidas a humillaciones como estas para ganarse unos 300 dólares mensuales (el salario mínimo en Colombia), cinco días de descanso al mes frente a 25 de trabajo de más de ocho horas diarias y contratos a cinco meses donde son escasas las posibilidades de contar con una estabilidad.  Son 300 dólares mensuales, que la tienda se hace apenas vendiendo dos jeans y teniendo en cuenta que una tienda como esas se hace a diario unos 15.000 dólares.
De la prueba salí cargada de sentimientos negativos, humillada y con sentimientos muy fuertes. ¿Es posible que una empresa y no solo esta sino otras más, hagan este tipo de pruebas? ¿Es posible que un Gobierno legitime estas pruebas cuando se busca el bienestar del pueblo? Lo más irónico es que la gente lo acepte y no sea consciente del atropello al que son sometidos: “¡Ah! No esa prueba estuvo fácil a mí me han tocado peores”, “Al final supe que sí había robado, porque terminé diciéndole al señor que de pequeña me comí unos chicles en un supermercado y que jamás se dieron cuenta que nunca los pagué”.
Una clase oprimida que sueña con salir adelante y crecer, sin darse cuenta que son utopías, que no se van a cumplir, porque hacen parte de un sistema ya organizado a detalle en el que unos pierden y otros ganan. Al final somos nosotros los que perdemos y trabajamos por ese otro segmento que disfruta con el sacrificio de los de abajo.


La sede del interrogatorio

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