martes, 25 de febrero de 2014

La noche en la que Bolivia despidió el año


21 de junio de 2012
Tiwanaku (Bolivia)

En la mitad de una árida carretera en Bolivia, a dos horas de La Paz, la comunidad Sariri formó un círculo. Un marco de nevados, montañas e incluso una luna que empezaba a asomarse, marcaron el inicio del Willkakuty, el nuevo año indígena aymara. Una ceremonia que se celebra año tras año, de acuerdo al calendario andino amazónico que rige esta comunidad en el país.

El Willkakuty ha tomado una gran importancia en los últimos años, tanto que muchos bolivianos han dejado de despedir el año el 31 de diciembre y ahora lo hacen el 21 de junio con el solsticio de invierno. En La Paz, las familias preparan sus ofrendas para la madre tierra y miles de viajeros se dirigen hacia el templo sagrado de Tiwanaku.

La comunidad Sariri, conformada por entre 30 y 40 indígenas aymara, se detuvo sobre la punta de una montaña, en un lugar conocido como Lloco Lloco. Todos con la mano derecha en el corazón y la izquierda en el estómago pidieron en silencio permiso para entrar a esa tierra sagrada, en la que según la sabiduría ancestral pocos podían entrar.

“Khantataita willkatata (Padre sol así como amaneces en el horizonte. Amanece en nuestros corazones)”, pronunció Marianela Machicado, una joven aymara para marcar la entrada, al tiempo que cuatro personas enterraban hojas de coca como ofrenda.  Machicado no tiene más de 25 años y como casi el 75 por ciento de la población boliviana se reconoce como indígena.

Ser indígena en Bolivia es sinónimo de un alto valor espiritual e histórico. Pasó de ser una vergüenza, en la que incluso la gente buscaba cambiarse los apellidos para borrar cualquier rastro ancestral, a un proceso de reivindicación quechua y aymara, que se refleja en las vestimentas, las lenguas y hasta los símbolos como la wiphala, una bandera de varios colores que representa las etnias de Bolivia y que muchos portan hoy con orgullo.
Por eso no resulta inusual ver mujeres de baja estatura en las calles con faldas repolludas, sombreros pequeños, chales de colores y el pelo dividido en dos trenzas que se unen al final: las cholas. O, que, por ejemplo, desde el Estado se promueva la filosofía del Buen Vivir: “… desenvolverse en armonía con todos y todo. El Buen Vivir le apunta a una vida sencilla que reduzca  nuestra adicción al consumo”, comenta Fernando Huanacuni, líder de la comunidad Sariri y miembro de la cancillería boliviana.

Como parte de esta filosofía, cada 21 de junio se despide un año y se recibe otro. Este diario los  acompañó durante el inicio del año 5521, en una noche en la que imperó el sonido de los tambores, la hospitalidad boliviana y en la que miles de personas presenciaron juntos el amanecer.

Eran las 10 de la noche y en la mitad del campo en Tiwanaku, un paisaje que parece asemejarse más a un desierto que a un valle, los aymara organizaron un cúmulo de colchones de paja para dormir un poco. Cubiertos con bufandas, chaquetas y gorros se atravesaron la universidad en la que se estaban alojando y se sentaron sobre la tierra.
Se formó un círculo y cuatro hombres con tambores se ubicaron en los cuatro puntos cardinales. El silencio era el único protagonista, que se turnaba con el retumbar de los tambores. En la mitad dos aymara organizaban las ofrendas para la madre tierra o pachamama: dulces, figuras y hasta fetos de llama.

Las ofrendas empezaron a consumirse en el fuego, en medio del frío penetrante que se sentía. El ritmo de los tambores se aceleraba y quienes lideraban la ceremonia bordeaban la fogata. Al final, todos la rodearon y dieron una vuelta, con las manos extendidas. “Era el final de un ciclo, un nuevo renacer”, se repetía esa noche.

A las 12, todos se estrecharon la mano, se dieron un beso en la mejilla y volvieron a darse la mano, precedido con la palabra “Jallalla (que se establezca la armonía y el equilibrio entre el mundo visible e invisible)” . En una cama franca, la comunidad durmió tres horas y de nuevo a las cinco de la mañana, cuando aún estaba oscuro caminaron hasta el templo sagrado de Tiwanaku, una construcción indígena de miles de años.

Los Sariri eran esa madrugada apenas un grupo de decenas que ese día esperaban el amanecer del nuevo año. Una franja naranja en el cielo anunció la salida del sol y todos se quedaron en silencio. Tiwanaku, en ese momento, parecía una postal: mujeres de faldas y hombres con vistosos sombreros estiraban sus manos para recibir los primeros rayos.

El deseado sol salió pasadas las seis y en Tiwanaku se escuchó al unísono un grito de júbilo, en medio de un ambiente casi mágico. “Jallallaaaa”, repetían todos en voz alta.  Turistas y curiosos intentaban dar lo mejor de su energía al “hermano sol”, como los Aymara les habían enseñado.

Las wiphalas se izaron y los instrumentos andinos formaron las distintas celebraciones en Tiwanaku. Al final, todos bailaban en círculos agarrados de la mano, dando pasos cortos y tímidos. El espíritu indígena y la efervescencia de los movimientos sociales que llevaron a tener a Bolivia el primer presidente indígena del mundo, Evo Morales, se hizo evidente.

Como las buenas celebraciones, la comunidad Sariri culminó el Wilkakuty con un manjar de comida andina: sopa, habas, quinua y una variedad de papas, en un terreno comunitario en el que vivió uno de los abuelos más sabios de la región. “Pudimos mirarnos a los ojos, escuchar nuestra música y compartir”, señaló Fernando, un tiempo en el que él mismo indicó que los pueblos originarios están pasando de la resistencia a la reconstitución.

jueves, 20 de febrero de 2014

El golpe "suave" en Venezuela

"El Gobierno Bolivariano ha denunciado durante la última semana que Venezuela es víctima de una estrategia conocida como “golpe de Estado suave”, a través de acciones desestabilizadoras orquestadas desde el extranjero y enfocadas en aspectos como el boicot económico, la manipulación informativa, la movilización y la infiltración de gente violenta en manifestaciones, entre otras acciones. El llamado “golpe blando” o “golpe suave” es una estrategia de “acción no violenta” ideada por el politólogo y escritor estadounidense Gene Sharp, a finales del siglo pasado, y ampliamente utiliza en el mundo durante la última década.
En una ocasión, Sharp señaló que "la naturaleza de la guerra en el siglo XXI ha cambiado (...) Nosotros combatimos con armas psicológicas, sociales, económicas y políticas".


FUENTE: TELESUR

http://www.telesurtv.net/articulos/2014/02/20/el-golpe-suave-en-venezuela-en-cinco-pasos-7713.html

viernes, 14 de febrero de 2014

El detestable polígrafo



Tres chocolates y un mango bañado en limón fueron mis aliados en un día hostil e individualista, propio de un sistema y de una realidad sumida en un mundo capitalista, de un mundo donde la mayoría estamos abajo y los de arriba cada vez más inalcanzables.
Hoy tuve frente a mí una de las pruebas más inhóspitas y más inhumanas para poder acceder a un simple trabajo de vendedora  de ropa de fin de semana. 
Creo que para el mundo actual o más bien en Colombia no es suficiente con ser una buena persona, haber estudiado o contar con experiencia laboral. Ahora debes sentarte frente a una persona que parece más un policía infiltrado y confesarle hasta el último porro que te has fumado.
Hoy estuve frente al polígrafo, ese aparato que solo lo había visto en las películas y que lo usaban en las cárceles gringas contra asesinos en serie, violadores o delincuentes potenciales. Hoy lo usaron conmigo y con otro grupo de gente que lo único que quiere es ganarse unos pesos para sostener a su familia.
Pareciera que para el sistema, el que funciona en Colombia (incluyendo el Estado) todos fuéramos asesinos, delincuentes, narcotraficantes o integrantes de grupos ilegales. Sin darse cuenta o seguramente si lo saben, pero no les interesa cambiarlo, que todo los males que afectan al país son producto de sus propias mentiras y políticas.
La prueba duró dos horas y repito solo quería un trabajo de fin de semana. Al principio firmas un documento autorizando la prueba, a ser grabado en audio y video y con eso que puedan conservar tu información confidencial quién sabe para qué.
El lugar queda en una casa sin aviso en Normandía. Una casa vacía con tres computadores en el primer piso. Arriba dos salas con dos polígrafos, parecía más una empresa fachada y por qué no similar a la que supuestamente allanaron por estar chuzando a los negociadores de la paz en Cuba.
Me senté y una gordita en leggins o calzas, como se llame me dijo que estuviera tranquila, que fuera sincera en todo y me iría bien. “Vamos a ensayar”, dijo y el supuesto ensayo duró como hora y media. Sin nada aún en el cuerpo tuve que contarle a esa mujer hasta el menor detalle de mi vida, siempre dando por sentado (ella) de que en mi diario era frecuente el uso de drogas, las estafas y hasta el crimen organizado con bandas delincuenciales.
Cada pregunta daba por hecho que había probado una gama amplia de drogas, que las había producido y que hasta vivía de ese negocio. También daba por hecho de que era una falsificadora y que todos los diplomas que figuraban en mi hoja de vida los había inventado. Ah y lo olvidaba también estafé a las empresas a las que trabajé… las preguntas eran insistentes y formuladas de distintas maneras para hacer caer.
¿Y dónde queda la buena fe? ¿Y dónde queda el chance de ser un individuo del sistema que solo necesita comer y sobrevivir en esta ciudad hostil? Ahora cualquier privado y legitimado por el Gobierno (porque la prueba del polígrafo puede ser utilizada por cualquier empresa en cualquier momento según la ley) tiene la libertad de considerarnos a todos culpables hasta que se demuestre lo contrario.
La tortura mental pasó a la física, para algunos parecerá exagerado, pero cuando alguien te sienta sobre una almohada con sensores, le amarran otros dos en los dedos de la mano, te aprisionan el tórax y el abdomen con dos resortes y además tienes un tensiómetro que te ahorca el brazo; hasta el más santo de todos, sin haber hecho nada, termina confesando cualquier cosa.
-¿Ha pertenecido a grupos paramilitares? ¿A grupos guerrilleros?
-No.
-¿Es falsa la información que me acaba de dar?
-No.
- Está diciendo toda la verdad en este momento
- Sí.
- ¿Su familia tiene vínculos con estos grupos?
-No.
-No se mueva, casi ni respire, recuerde que el polígrafo la delata en lo más mínimo. Así que diga la verdad.
-¿Ha consumido aparte de Marihuana, otras drogas?
- No
- ¿Está segura?
-Sí
-¿Por qué se demoró tanto en responder? ¿Qué estaba pensando? ¿se le vino algún recuerdo a la mente? Dígalo sea sincera.
Y así era más o menos el desarrollo en ese cuarto blanco, en ese cuarto de torturas e interrogatorios. Y repito eso que solo quiero un trabajo de fin de semana como vendedora de ropa. Al final quieren sacarte como sea la información y dan por sentado que haces parte de una banda que está dispuesta a robarse un almacén completo.
Lo triste es que a ese lugar solo iban, la mayoría mujeres con escasos recursos que se ven sometidas a humillaciones como estas para ganarse unos 300 dólares mensuales (el salario mínimo en Colombia), cinco días de descanso al mes frente a 25 de trabajo de más de ocho horas diarias y contratos a cinco meses donde son escasas las posibilidades de contar con una estabilidad.  Son 300 dólares mensuales, que la tienda se hace apenas vendiendo dos jeans y teniendo en cuenta que una tienda como esas se hace a diario unos 15.000 dólares.
De la prueba salí cargada de sentimientos negativos, humillada y con sentimientos muy fuertes. ¿Es posible que una empresa y no solo esta sino otras más, hagan este tipo de pruebas? ¿Es posible que un Gobierno legitime estas pruebas cuando se busca el bienestar del pueblo? Lo más irónico es que la gente lo acepte y no sea consciente del atropello al que son sometidos: “¡Ah! No esa prueba estuvo fácil a mí me han tocado peores”, “Al final supe que sí había robado, porque terminé diciéndole al señor que de pequeña me comí unos chicles en un supermercado y que jamás se dieron cuenta que nunca los pagué”.
Una clase oprimida que sueña con salir adelante y crecer, sin darse cuenta que son utopías, que no se van a cumplir, porque hacen parte de un sistema ya organizado a detalle en el que unos pierden y otros ganan. Al final somos nosotros los que perdemos y trabajamos por ese otro segmento que disfruta con el sacrificio de los de abajo.


La sede del interrogatorio

martes, 11 de febrero de 2014

Y me subí a la bici...




Lo pensé por años, lo medité, lo escribí y hasta lo soñé, pero solo hasta hoy me atreví. Creo que con las dos ruedas tengo relación de años, casi desde que tenía tal vez cuatro o cinco años y ya llevaba a mi hermana en lo que se llamaría un triciclo (valga el paréntesis pq son tres ruedas, pero ya para mí era una bici). Desde ahí las tres ruedas se convirtieron en cuatro, porque mi primera bici tenía unas ruedas auxiliares con las que aprendí a montar.
Viajando un poco en el tiempo, creo que esta relación viene de bien atrás. Papá y mamá se enamoraron en dos ruedas y en cambio de salir a bailar, preferían pasear dentro y fuera de la ciudad para conocerse, todo sobre dos ruedas. La pasión por la bici viene en la sangre, por eso tuve en toda mi infancia hasta cuatro bicicletas y mis domingos como quien va misa, era sagrado salir a pasear por la ciudad, por la ciclovía en Bogotá.  Era tan importante que el plan incluía un par de sánduches en una maleta y buscar un prado en la mitad del recorrido para poder almorzar.
La bici era o es sagrada en mi casa, o así  me lo enseñó mi mamá.  Las bicis se sacaban cada ocho días, se limpiaban y se mantenían al día. Las ruedas mandaron tanto en mi casa que recuerdo un día en que mis papás en vez de llegar con el mercado de la casa, llegaron con un par de patines de línea y se lanzaron a la experiencia de moverse sobre ellos.
Pero los asuntos irrelevantes de la vida y las ansias por un ascenso social y profesional no combinaban con ese otro estilo de vida que mamá me había enseñado. Así que las cuatro bicis de mi casa quedaron archivadas en un cuarto que se llama la “bravera” y las vistió un manto de polvo durante varios años.
Esa misma época escribir sobre movilidad en Bogotá me daba para comer y  mientras escribí un montón de artículos en pro de una ciudad con menos carros, yo misma me movía en el mío y detestaba moverme en el servicio público; esto último también por varios argumentos razonables como la inseguridad, el miedo y el peligro que implica andar en bus por Bogotá.
Sin embargo, un cambio de chip que tuve durante los últimos dos años me hizo ver la vida y la ciudad de manera diferente. Volví a Bogotá y ya sin carro volví al sistema de transporte público. No estuvo mal, Bogotá está hoy más organizada, pero era inevitable perder la paciencia cuando se tienen que hacer recorridos largos, entrar a empujones a un bus o esperar miles de minutos hasta que pase alguno.
Así que lo pensé y aunque no he abandonado la rutina de ir los domingos a ciclovía, no con tanta frecuencia como cuando pequeña; empecé a evaluar la posibilidad. Varios ciclistas con bicis al estilo antiguo o con un look hipster como llaman ahora rodando por Bogotá también me animaron.
Hice un par de consultas y esta misma semana adecué la bici, le instalé una canasta y decidí salir a rodar. Hoy, 11 de febrero de 2014 fue ese día y aunque tuve una noche con poco sueño pensando cómo iba a ser esa primera salida, finalmente el temor se convirtió en confianza, agrado y un poco de felicidad.
Me evité seis buses y me ahorré algo así como unos 10.000 pesos, el tiempo fue mío y tengo que admitir que esa felicidad se sintió por todo el cuerpo. Los dolores y las preocupaciones parecieron irse al menos momentáneamente y la posibilidad de una Bogotá en bici se hizo realidad frente a mí. Ahora, con mi mamá lejos creo que empiezo a entender el vínculo sagrado con ese caballito de acero, con esas dos ruedas cómplices de lo que para algunos miembros de mi familia no es más que una “locura”.
Hoy me sumo a los afiebrados en bici que recorren la ciudad y que la piensan diferente y también para los que ese medio de transporte es el único que les funciona en una ciudad donde vivir parece insostenible. No sé al final cuánto me durará la fiebre, pero siento que será por rato: ¿o quién no le gusta ser dueño de su tiempo, moverse por calles sin trancones, evitarse las peleas con la gente y sentir esta vitalidad en el cuerpo? Para mí la respuesta es clara y por eso creo que tendré este cuento de la bici por rato.



sábado, 8 de febrero de 2014

Y fuiste más que un sueño…



Es difícil verte en una imagen congelada,
Revivir los momentos en la mente y ver un chat que jamás será respondido
Thames y Paraguay, Callao y Corrientes , Belgrano y Entre Ríos,
Cuantas esquinas testigo de ese amor fugaz que estuvo ahí
Que palpitó en los dos y que nos llevó a perdernos por días
A huir de la realidad, del destino.
Le jugamos una buena o mala pasada a la vida,
La misma que nos susurró, nos dijo y luego lo gritó que no más,
Pero forzamos los momentos, luchamos por eternizar las charlas, los abrazos
E incluso las lágrimas en los momentos más difíciles.
Al final parece que ni te importó, pero para mí fue una de esas películas que mi mente se niega a borrar.
Y te pienso, y pienso esa ciudad a tu lado.
Y Pienso un Buenos Aires nublado, lluvioso, nostálgico e incluso distante que me parece maravilloso.
Una soledad, un cortado y unos 10 minutos por decenas de días de ausencia.
Pero ahí estás y eres un recuerdo a veces cruel, a veces real, a veces con ganas de no seguirlo más.
Fuiste un compañero por un tiempo que pareció corto, un tiempo fugaz, pero un tiempo que indiscutiblemente marcó.
Tal vez la vida no nos vuelva a cruzar, así lo sentí al tenerte a mi lado. Cada día a tu lado parecías más distante.
Cada día a tu lado entendía lo opuestos que somos,
Y entendía que la casualidad era q vivíamos en el mismo planeta.
Es difícil de entender, pero tal vez comprensible. No era tu complemento ni tu el mío.
Pero fue lindo soñar contigo, soñar con algo más y creer en ese otro cómplice.
Parece un sueño, un sueño que duró casi dos años, un sueño que a veces parecía pesadilla,
Pero del que aún es difícil despertar y que el tiempo y la distancia se encargarán de cerrar.