sábado, 7 de abril de 2007

Un año de Semana Santa

¿Qué tal suena la idea? Para muchos tal vez algo descabellado, pero para los Hare Krishnas su realidad. Una comunidad vegetariana y preocupada por el cultivo del alma espiritual.

Por: Lina Fernanda Sánchez Alvarado

Es miércoles santo y la semana ya iba por la mitad. La crónica debía iniciarse, pero ni siquiera la experiencia estaba. Apenas la promesa de una conocida budista me había dado los primeros destellos. “En esta semana ayunamos y nos vamos a un retiro de unos cuatro días”, decía. ¡Perfecto! la idea ya estaba, pero ese mismo día volví a quedar sin nada. El maestro de mi conocida no permitió la realización de la entrevista, ni estar cerca de ellos y mucho menos la toma de fotografías.

Un poco perdida, en medio de tanta familia católica no encontraba otra salida. Así que en plena reunión de primos y tías, solté la incógnita. “Habla con musulmanes”, “Haz lo de los flagelantes”, “Vete a un pueblito” y finalmente la que me sacó del hoyo negro en el que me encontraba.

- ¿Por qué no la semana santa de esos tipos que son calvos y tienen una moñita?- dijo mi primo con entusiasmo.

- Ah de los que cantan y bailan- replicó mi tía.

- Los Hare Krishna- confirmó mi prima.

Y sin pensarlo más, agarré el teléfono para obtener el número de ellos. Sólo sabía que se hacían en la 32 con Caracas y así fue como conseguí los datos. Ese mismo día obtuve una cita para la mañana siguiente.

Era jueves santo, las calles vacías, la ciudad calmada y Transmilenio sin muchos clientes. No eran más de las diez de la mañana y pareciera que Bogotá fuera un lugar fantasma. Sólo las iglesias católicas estaban habitadas, la policía vigilaba desde la puerta el conocido Sermón de las Siete Palabras. Estación Profamilia, es hora de bajarme.

Paso la tarjeta y salgo de la estación. En frente un edificio que al mejor estilo de una construcción hindú recuerda un gran palacio. Las columnas están adornadas, las puertas llenas de detalles y los techos similares a la unión de varios corchetes. A la entrada dos elefantes cuidan la pequeña puerta. El templo Hare Krishna igual que la ciudad, parece desolado. A un lado de la reja el timbre.

“Ring, ring”, un muchacho de unos 17 años sale “¿A la orden?”. Todo parece extraño su aspecto no coincide con lo que me imaginaba. Su cabello abundante rodeaba su cabeza y su camisa azul con jeans lo alejaban de la realidad que mostraba el templo. “Hágame un favor, busco a Yuga”. Da la vuelta y baja las escaleras.

Ahora sale un hombre de no más de 25 años, con la conocida cola (sika) detrás de su cabeza, pantalón blanco, buso azul y un pequeño destello de pintura en la parte superior de su nariz. ¡No me equivoque, éste si es el templo! Pensé, mientras él miraba con extrañeza. Me identifique, de inmediato su rostro cambió y abrió la reja.

“No podemos hablar muy duro” fue su primera advertencia, bajamos las escaleras y entramos por la puerta principal. Había un corredor pequeño rodeado de vitrinas con libros, discos y hasta juegos de superación. Era la tienda del lugar, al lado una pequeña entrada nos mostraba el ingreso al parecer del templo. Y efectivamente, luego de quitarnos los zapatos, entré detrás de él. Un campanazo fue suficiente para avisar nuestra entrada a Krishna (Dios de la cultura védica).
Las miradas se cruzaron y el silencio del templo empezó a hacerse cada vez más fuerte. Era mi momento de intervenir. “¿Hay alguna celebración especial en esta Semana Santa?”, su primera reacción fue una sonrisa que apenas hizo mover sus labios. “Es un tiempo donde hacemos todo normal, lo único que dejamos de hacer es abrir el restaurante y no dictamos clases de yoga”.

Yuga se levanta a las seis de la mañana, practica Bhakti yoga (ciencia que los enseña amar a Dios) y dedica las demás horas del día a cocinar en el restaurante, dictar las clases que tenga y a reflexionar. “Hoy lo más importante es no descuidar a las deidades como lo hago todos los días”, agregando que es una de las razones por las que más personas se unen a esta cultura védica.

Alrededor de medio día luego de preparar el almuerzo, se sirve primero el plato más especial del lugar. En recipientes metálicos pequeños se sirven porciones de granos y salsas para el señor Caitanya y el señor Nitiananda, deidades que están representadas en el altar. Son ofrendas que realizan a diario los Hare Krishna y que luego son acompañadas por mantras o cantos típicos de la religión. Al final del día éstas son vestidas con pijamas para que puedan descansar.

El templo no es muy grande, es más bien un cuarto largo rodeado de cuadros que dibujan las deidades, sus dioses, fieles con las vestimentas y actitudes típicas como el baile y el canto. “Éste es Krishna, para muchos la primera vez es algo raro, pues es azul, usa aretes y collares. A mi ya me inspira y me transmite energía diferente, es hermoso”, dice mientras señala el cuadro donde un joven mira con ojos enternecidos.

El silencio del templo se ve interrumpido por seis jóvenes habitantes de este lugar que parten con mochilas y maletas en sus hombros. Todos miran extrañados para el altar, pues una persona ajena a su creencia toma fotos y apuntes. La expresión de tranquilidad de la cara de Yuga y la naturalidad con que los mira, los tranquiliza. Sube juntas las manos, las une y agacha la cabeza. Pronuncia una palabra poco entendible y los demás repiten lo mismo. Se retiran.

Vuelve la mirada hacia donde estoy, “Ojala todas las semanas fueran santas, como la celebran los católicos”, dice agregando que no es sólo por el espacio que tienen muchos para reflexionar, sino especialmente por la comida. En estos días es prohibido por el catolicismo el consumo de carne roja, por la muerte de Jesucristo. Yuga me saca de mi estado de reflexión y pregunta “¿Has visto cómo lloran las vacas antes de morir?”.

El recuerdo del sacrificio que presencie de Luna, volvió a mi mente. Y si, recuerdo las lágrimas en sus ojos y los continuos topetazos que pegaba contra la tierra antes de la matanza. Pero por otro lado en mi boca se sentía el jugoso sabor de un buen pedazo de carne. “Los animales son hermanos espirituales menores, cuando ellos sufren es imposible adorar a Dios”, afirmó algo enojado como si por un momento hubiera leído lo que por mi mente pasaba.

Saber respirar, caminar, ser conciente de la sencillez que se debe llevar en cada momento y sobre muchas cosas actuar como ser humano, son los principios del conocimiento védico y para ellos la clave para un vida sana, sencilla con un pensamiento elevado.

A un lado está el meridanga (tambor hindú), lo agarra fuerte, sosteniéndolo con una cuerda desde su hombro. Los sonidos mágicos típicos de la India empiezan a invadir el templo. El movimiento de algunos dedos en cada punta es suficiente para que el sonido fluya. Junto a éste instrumento y otros círculos dorados de metal se realizan los mantras (cantos) encargados, según ellos, de liberar la mente, de purificarla.

“Y sabes ¿por qué hacemos todo esto?”, aún sin entender mucho del asunto mi respuesta fue un no. “Para liberarnos de la energía ilusoria, para luchar contra Maya”, dijo, explicando que la mayoría de seres humanos están cegados al disfrute sensorial y todo eso es por la energía ilusoria que los enceguece. Para Yuga la Semana Santa es la oportunidad que tenemos para alejarnos de lo material, donde realmente el espíritu vive. Por eso según él, ellos viven los 365 días del año en esta semana.

Aclarando todas mis dudas, empecé a tomar las fotos. A un lado el altar con las deidades y al otro dos cuadros enormes de los líderes mundiales que aún viven sobre la tierra. En la esquina un pequeño cartel con algunas palabras, al parecer una oración de suma importancia. Cuando estábamos saliendo, Yuga se agacha en diagonal al altar, besa el piso, se para, voltea hacia mi y sonríe. Vuelve y toca la campana.

Amarre con fuerza los cordones de mis zapatos, subí la mirada y le di una ojeada a los horarios de las clases. Estire la mano, con el mayor signo de respeto me despedí, no sin antes prometer que volvería a comer en el restaurante y a recibir mis buenas clases de yoga.

viernes, 6 de abril de 2007

El Vía crusis más famoso del sur de Bogotá

¿Recuerdan al viejo solitario de Potosí que les mostre la vez pasada? Hoy alrededor de 15 mil personas como es sagrado todo viernes santo lo acompañaron y subieron la cruz que lo acompaña los 365 días del año. Aquí van algunas fotos...












Miles de feligreses se acercan a la base de éste árbol a poner las cruces que compraron o que ellos mismos han hecho.
















En un paseo familiar se convierte la travesía hasta este lugar. La chicha, la cerveza y las empanadas son la mejor compañía para la espera.



































Aunque muchos no tengan claro porque van a ese lugar, pues algunos desconocen porque se llama el Palo del Ahorcado, otros le llaman el Árbol de la Vida (según ellos si le das un beso a su tallo te llenarás más de vida) y las parroquias lo llaman el Árbol de la Paz, el fervor ha hecho que cada año se unan más personas.